Yo soy aficionado a coleccionar libros antiguos de aviación, en concreto de mecánica aeronáutica, y buceando en el mar inmenso de las webs encontré una joya del año 1908 de la editorial Manuel Marín que aunque su título sea el de "Máquinas de vapor" algo tiene que ver con el mundo aeronáutico pues ya describe las turbinas de vapor, antecesoras de las turbinas actuales. Yendo al grano, este libro posee un prólogo muy suculento, de un ingeniero industrial de la época, en el que describe la situación de los estudios y la manera de aprender de ese periodo histórico y la verdad, me ha parecido de lo más actual y creo que ha cambiado muy poco:
"[...] Con este criterio se han traducido algunas obras de tan dudoso mérito científico que bastan y sobran para desanimar al comprador cuando caigan en manos de algún obrero o estudiante poco acostumbrado a lecturas jeroglíficas.
La dificultad de traducir con buen sentido, redactando con claridad, lo mal retribuido que está este trabajo y la elección caprichosa de libros que hacen algunos editores, producen engendros que son verdaderos jeroglíficos para el lector español y que como antes decía pueden llegar a desacreditar esta producción científica.
No quiero citar, porque no es posible tampoco pretenderlo en España, el ejemplo de las casas editoriales extranjeras que tienen a su frente a distinguidos hombres de ciencia asesores de los libros y autores escogidos. Así solamente pueden editarse esas famosas bibliotecas donde cada volumen trata magistralmente su materia, constituyendo el mejor consejero del sabio y el más certero guía del principiante.
El segundo inconveniente que veo a nuestra producción científica, es la desacertada selección de libros que no se inspira en la clase de lectores a que se dedica. No necesitamos en España libros de alta ciencia que estudien los altos problemas hoy planteados; necesitamos libros de vulgarización técnica que hagan buenos obreros e ingenieros expertos capaces de formar la clase media industrial de esos practicones científicos que traemos contínuamente del extranjero y que son en todas partes la gran masa directora de la producción industrial.
Santo y bueno que tengamos sabios como actualmente podemos ostentar en personalidades de todos conocidas, pero cien veces mejor tener una base sólida de cultura; muchos buenos obreros, muchos ingenieros prácticos incapaces de inventar una nueva teoría pero aptos para construir, instalar y dirigir cuantas máquinas sean precisas; porque creado este elemento, ya surgirán los verdaderos inventores y podrán prosperar sin la falta de ambiente industrial que hoy lamentan para su propaganda.
Seguramente un sabio no produce tanta riqueza como producen muchos modestos operarios que sin pretensiones de ciencia pura conocen a fondo su profesión y enaltecen su trabajo con la perfección de su obra. Para éstos es para quienes hay que producir libros y crear Escuelas, porque los otros, conocen los idiomas extranjeros y pueden adquirir obras costosas imposibles de traducir sin grandes gastos.
Después de cursar una carrera científica y técnica se da uno cuenta perfecta de las teorías inútiles de que se atiborran nuestros cerebros; de todo lo que se aprende ¡qué poco se necesita en la práctica profesional! después de tanto esfuerzo mental, notamos al comenzar el ejercicio de la carrera una cobardía enervante; los más fáciles ensayos nos aterran; nos parece que vamos a caer en mil errores; no acertamos a dar con el comienzo del trabajo, la duda nos detiene y sólo entonces, empezamos a aprender lo que después hemos de practicar en el ejercicio de la profesión.
Débese esto a lo falso de nuestras enseñanzas técnicas, alejadas ordinariamente de la realidad; a la tendencia e idiosincracia nacional que nos lleva inconscientemente a la explicación metafísica de las cosas, a pretender explicarlo todo, demostrando en cada detalle, y a olvidar con ello, abstraídos en divagaciones teóricas, lo que la cosa es en sí, que no es tan difícil y tan complicada como nosotros queremos hacerla. De ahí que entre un ingeniero práctico que maneje hábilmente un formulario y un calculista teórico, nos fiemos más del primero; ¡poco vale hoy el desarrollo de una hipótesis sobre la resistencia de un sólido al lado de un resultado obtenido en el taller de ensayos!
Menos teoría y más práctica sin que suponga el desprestigio de la primera que es al fin y al cabo, en sus justos límites, la generalización de la segunda; pero no nos dejemos arrastrar por las divagaciones científicas porque esto tiene el peligro de separarnos de la comprobación experimental, y en la producción industrial para un sabio calculista que invente nuevos procedimientos de demostración y nuevas teorías se necesitan muchos practicones que son por rara casualidad lo que vamos buscando al extranjero para nuestros ferrocarriles, nuestros astilleros, nuestras fábricas y nuestras industrias [...]"
Me parece a mí que la crisis de ideas es un mal endémico en este país y al modo en el que Mariano José de Larra describía en el siglo XIX el "Vuelva usted mañana" este ingeniero no tan conocido, llamado José De Igual, describe ya en 1908 algo que no ha cambiado en casi nada desde entonces, la excesiva "teoría" escolar y universitaria que tenemos, que no nos prepara para trabajar como es debido.